El Punto de Partida
Llegamos a Livigno con una base.
Éramos buenas riders. No expertas, pero sí con recorrido. Cada una traía sus trucos—algunos sólidos en el pasado, otros en proceso, otros un poco olvidados.
No partimos desde cero.
Pero tampoco desde un lugar cómodo.
Porque aunque estábamos niveladas, cada una venía con fortalezas distintas dentro del freestyle y del snowboard en general.
Y eso fue clave.
Antes de Progresar, Entender
Los primeros días no fueron para empujar límites.
Fueron para observar.
Recorrimos Livigno, exploramos Motolino, caminamos el park, analizamos líneas, módulos y posibilidades.
Nos dimos el tiempo de entender dónde estábamos paradas.
Y durante esa primera etapa, no creamos contenido.
No era el momento.
Estábamos construyendo criterio.
Volver a los Fundamentos
Antes de pensar en más velocidad, más altura o más rotación—volvimos a lo básico.
Canto. Base. Control. Postura. Movimiento. Fluidez. Confianza.
Ese trabajo invisible que sostiene todo lo demás.
Limpiamos movimientos. Bajamos la velocidad. Sacamos el piloto automático.
Porque la progresión real no es sumar—es afinar.
Mottolino: Escala, Respeto y Base
Mottolino fue nuestro primer contacto real con la montaña.
Un park grande. Largo. Exigente.
Un park con estándar olímpico—donde hoy se preparan y compiten riders al más alto nivel.
Y eso se siente.
La silla es larga. El acceso toma tiempo.
Y cuando llegas arriba, no hay mucho espacio para improvisar.
Los módulos son grandes.
Las líneas son largas.
Y el margen de error es menor.
Motolino no es un park que te invite a “probar”.
Te exige llegar con criterio.
Pero al mismo tiempo—y esto fue lo más interesante—
también tenía todo lo necesario para volver a lo básico.
Y ahí fue donde encontramos el verdadero valor.
Porque en un entorno grande, rápido y demandante,
los fundamentos dejan de ser una opción.
Se vuelven una necesidad.
Fue ahí donde entendimos algo importante:
no se trata de que el park sea grande o pequeño—
se trata de cómo lo lees.
Podíamos haber intentado empujar desde el primer día.
Pero elegimos otra cosa.
Elegimos usar Motolino no para demostrar,
sino para construir.
Trabajamos líneas simples.
Entradas limpias.
Control de velocidad.
Decisiones conscientes.
Aprendimos a respetar el tamaño del park,
sin achicarnos frente a él.
Mottolino nos puso en nuestro lugar.
Nos mostró el estándar.
Y al mismo tiempo, nos dio el espacio para construir una base sólida dentro de ese estándar.
Porque progresar en un park así no es cuestión de atreverse más.
Es cuestión de entender mejor.
De lo Conocido a lo Desconocido
A partir de ahí, empezamos a expandir.
No solo en trucos—sino en contexto.
Pasamos de trabajar lo que ya conocíamos a exigirnos más:
más velocidad, más altura, más precisión, más rotación.
Y con eso, también cambiamos de terreno.
Salimos de Mottolino y fuimos a Carosello.
Un park nuevo. Módulos distintos. Sensaciones nuevas.
Ahí pasó algo importante:
Dejamos de depender de “los módulos conocidos”
y empezamos a confiar en nuestra capacidad de leer cualquier terreno.
Mirar un módulo por primera vez y saber:
por dónde entrar, qué necesitamos, cómo construirlo.
Eso es progresión real.
Twenty's Park: Donde Todo Se Refinó
Después llegamos a Twenty's Park.
Y se transformó en nuestra base.
Un park corto, pero con una rotación rápida que nos obligaba a mantener foco constante.
Tenía progresión clara:
líneas S, M y L en módulos,
y saltos que nos empujaban a buscar algo distinto.
Ahí afinamos.
Ahí repetimos.
Ahí empezamos a llevar los trucos a otro nivel:
más velocidad, más altura… y en algunos casos, nuevas rotaciones.
Pero no fue solo el riding.
También fue la gente.
Nos hicimos parte del lugar. Conectamos con quienes trabajaban ahí, con otros riders.
Se armó una comunidad.
Y eso cambió completamente la experiencia.
La Caída
Y en medio de ese proceso, pasó.
En uno de los saltos en Twenty´s Park, no medimos bien la velocidad.
En la recepción, nos fuimos al canto de dedos, el cuerpo se fue hacia adelante
y terminamos cayendo con todo el peso sobre el hombro derecho.
Fue una caída fuerte.
De esas que te sacan del momento.
No supimos exactamente qué lesión era en ese minuto.
Pero sí supimos algo al tiro:
esto iba a cambiar el ritmo del camp.
Adaptar También es Progresar
Ese momento marcó un antes y un después.
Porque a partir de ahí, el foco ya no era solo avanzar.
Era adaptarnos.
Seguir entrenando, pero distinto.
Escuchar el cuerpo.
Modificar expectativas sin perder intención.
Y eso—aunque no siempre se habla—también es parte del proceso.
(En el próximo artículo vamos a profundizar específicamente en cómo manejamos esta parte: la lesión, la adaptación y el aprendizaje que salió de ahí.)
Italia: Lo Que Pasa Fuera de la Montaña También Importa
Pero el camp no se trató solo de snowboard.
También se trató de dónde estábamos.
Estábamos en Italia.
Y eso, inevitablemente, se volvió parte del proceso.
Entre sesiones, bajadas y días intensos, también hubo espacio para vivir el lugar.
Caminar por las calles de Livigno.
Perdernos un poco entre tiendas.
Compartir ropa, equipo, capas—armando un closet común sin pensarlo demasiado.
Hubo tiramisú.
Chocolate caliente.
Crepes después de andar.
Momentos simples, pero que sostienen todo lo demás.
También conocimos gente.
Riders, locales, personas que estaban en la misma que nosotras, cada uno en su proceso.
Y sin buscarlo demasiado, se fue armando algo.
Una sensación de comunidad que no estaba planeada, pero que terminó siendo parte importante del camp.
Porque al final—
lo que pasa fuera de la montaña
también construye cómo nos paramos arriba de ella.
Más Allá del Freestyle
Este camp no fue solo sobre trucos.
Fue sobre aprender a leer terreno.
Sobre construir desde la base.
Sobre salir de lo cómodo.
Sobre comunidad.
Y sobre cómo seguir adelante cuando las cosas no salen como esperábamos.
Porque al final—
la progresión no es lineal.
y el snowboard tampoco.